Por: Dr. Francisco Rodríguez | Agosto 17, 2026
Hay una pregunta que los médicos de primer nivel evitamos hacer en la consulta obstétrica: ¿cómo te has sentido emocionalmente? No por desinterés, sino porque abrir esa puerta, sin las herramientas para manejar lo que puede aflorar, genera preocupación e incomodidad.
La Guía CANMAT 2024 para el manejo de trastornos del estado de ánimo, ansiedad y condiciones relacionadas en el período perinatal nos da exactamente las herramientas indispensables para perder ese temor y acompañar a pacientes embarazadas o en posparto que están atravesando dolor emocional real. Y en nuestra región, donde el estigma de la salud mental sigue siendo una barrera real, aplicarlas es más urgente de lo que solemos reconocer.
Durante años asumimos que la depresión posparto era el problema principal. La guía amplía esa mirada con contundencia: la depresión puede presentarse en hasta el 12,9% de los casos durante el embarazo mismo, y los trastornos de ansiedad afectan hasta a una de cada cinco mujeres gestantes. Lo que más impacta al revisar estos datos es la cifra de recaída en trastorno bipolar posparto: entre 30 y 50%, y ese riesgo no es homogéneo.
La literatura distingue entre recaída general y episodios severos, incluyendo psicosis posparto, que representan una ventana de vulnerabilidad desproporcionada y con frecuencia llegamos a ver demasiado tarde (Munk-Olsen et al., 2016). Una paciente con diagnóstico previo de trastorno bipolar que queda embarazada sin tratamiento de mantenimiento tiene hasta una probabilidad en dos de presentar un episodio grave en los meses siguientes. Es una emergencia silenciosa.
CANMAT recomienda evaluación sistemática con herramientas validadas en cada trimestre del embarazo, en el control obstétrico posparto y en la atención pediátrica hasta los 12 meses del nacimiento. En la práctica local, esa evaluación no está protocolizada en la mayoría de los consultorios. Mi posición es que si una herramienta como la EPDS o el PHQ-9 tarda tres minutos en aplicarse y puede cambiar el curso clínico de una madre y su bebé, no hay justificación para omitirla.
Vale precisar, sin embargo, que estos instrumentos tienen limitaciones para detectar bipolaridad y ansiedad compleja — lo que puede inducir errores diagnósticos en entornos de alta carga clínica. El tamizaje estructurado es el punto de partida, no el punto de llegada: debe ir acompañado de evaluación clínica dirigida cuando los resultados lo sugieran (Vigod et al., 2025; ACOG, 2023).
La guía es explícita en algo que a veces queda implícito en la conversación con las pacientes: el riesgo no es solo farmacológico. Los trastornos no tratados se asocian con parto pretérmino, bajo peso al nacer, alteraciones en el vínculo madre-infante y mayor riesgo de recaídas futuras.
Más aún: el embarazo y la lactancia no deben ser razones para suspender automáticamente los tratamientos de salud mental cuando estos son necesarios para mantener la estabilidad materna. La exposición al estrés crónico y a la depresión no tratada también tiene un perfil de riesgo — y ese perfil no aparece en el prospecto de ningún fármaco porque nadie lo etiqueta como tal.
Para casos leves a moderados, la guía respalda intervenciones no farmacológicas como primera línea: psicoterapia, intervenciones psicosociales, modificaciones en el estilo de vida. La evidencia latinoamericana respalda además los modelos de atención colaborativa integrados en atención primaria y obstetricia: estudios en Chile y Brasil han demostrado reducción significativa de síntomas depresivos con estas intervenciones en sistemas fragmentados como los nuestros (Araya et al., 2003), y representan la única forma real de llegar donde el sistema especializado no alcanza.
En casos moderados a graves, o cuando existe diagnóstico de trastorno bipolar, el tratamiento farmacológico es parte necesaria de la ecuación —tanto durante el embarazo como en el posparto— con evaluación cuidadosa del balance riesgo-beneficio. Cuando se requiere tratamiento farmacológico, la selección debe guiarse por el historial de respuesta individual, la severidad clínica, el trimestre gestacional y el perfil neurobiológico de cada paciente.
La evidencia acumulada posiciona a la sertralina como la opción de primera línea con mayor robustez en seguridad perinatal, tanto en el embarazo como en el período posparto (Yonkers et al., 2009; NICE, 2020). Su perfil de tolerabilidad y la disponibilidad amplia en nuestra región —en formulaciones orales que permiten titulación gradual— facilitan su uso en el contexto de atención primaria y obstetricia.
En el posparto, cuando la presentación incluye comorbilidad ansiosa prominente o síntomas somáticos significativos, los inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina pueden tener un lugar clínico con evaluación individualizada; la evidencia en este período es más sólida que durante el embarazo propiamente dicho.
En trastorno bipolar, la continuidad del tratamiento estabilizador es crítica: la suspensión de estabilizadores del ánimo —particularmente litio— incrementa significativamente el riesgo de recaída, y la literatura actual respalda decisiones individualizadas con monitoreo estrecho antes que suspensiones sistemáticas (Wesseloo et al., 2016).
Uno de los aspectos que más valoro de esta guía es que nombra lo que los clínicos latinoamericanos sabemos pero rara vez vemos documentado: las barreras estructurales —económicas, culturales, de acceso— impactan directamente en el diagnóstico y el tratamiento oportuno. Una paciente que no puede pagar una consulta con psiquiatría, que no tiene red de apoyo o que carga con el estigma de que “una buena madre no se deprime” es una paciente en riesgo real.
Según estimaciones de la PAHO/OMS (2018), el acceso limitado a salud mental especializada y el estigma cultural siguen siendo determinantes críticos en los resultados perinatales en la región. Los modelos de atención colaborativa no son un ideal académico: son la respuesta estructural a esa realidad.
La Guía CANMAT 2024 consolida un mensaje que en América Latina necesitamos escuchar con claridad: la salud mental perinatal no es un añadido al control obstétrico — es parte integral de él.
Tamizar de forma sistemática, tratar con evidencia, no suspender tratamientos por el embarazo de forma automática, y remover barreras de acceso son decisiones clínicas con consecuencias directas sobre la madre, el recién nacido y la familia. Ya tenemos las herramientas. Lo que nos falta es incorporarlas como hábito.